jueves, 10 de noviembre de 2011

UNA SIESTA DE DOCE AÑOS


Educar debe ser algo parecido a espabilar a los niños y frenar los adolescentes.Justo al contrario de lo que hacemos: no es extraño ver chicos de cuatro años con cochecito y chupete hablando por el móvil, ni tampoco lo es ver de catorce sin hora de volver a casa.
Hemos dicho sobreprotección, pero es la desprotección más absoluta: el niño llega al insti sin haber ido a comprar una triste barra de pan, justo cuando un amigo se ha pasado a la coca.
Sorprende que haya tanta literatura médica y psicopedagógica para afrontar el embarazo, el parto y el primer año de vida, y se haga un hueco hasta los libros de socorro para padres de adolescentes de títulos sugerentes como  Mi hijo me pega o  Mi hijo se droga . Los niños de entre dos y doce años no tienen quien les escriba.
Desde que abandonan el pañal (ya era hora!) Hasta que llegan las compresas (y que duren), desde que los desenganchas del chupete hasta que te hueles que se han enganchado al tabaco, los padres hacemos una cosa fantástica: descansamos. Reponemos fuerzas del estrés de haberlos parido y enseñado a caminar y nos desentendemos hasta que tocará ir a buscar de madrugada en la disco. Ahora que por fin volvemos a poder dormir, y hasta que el miedo al accidente de moto nos vuelva a despertar, hacemos una siesta educativa de diez o doce años.
Alguien se estremecerá pensando que este periodo es precisamente el momento clave para educarlos. Tranquilo, que por algo los llevamos a la escuela. Y si llegan inmaduros a primero de ESO que nadie sufra, allí les esperan los colegas de bachillerato que nos los sobreespabilarán en un curso y medio, máximo dos. En el modelo de padres que sobreprotege a los pequeños y abandona los adolescentes nadie les podrá acusar de haber fracasado educando a sus hijos. No lo han ni intentado.

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